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Hace unos días un amigo me recordó la hermosa obra de Saint-Exupery “El principito” y lo volví a leer en el bus camino a casa. Es el tipo de libro que puedes leer una y otra vez sin cansarte y que en cada una de esas veces encuentras palabras que sanan, que te ayudan a ver la vida de forma distinta y a tener más imaginación como esa que perdemos una vez nos volvemos adultos.

Puede que ya sea adulta, pero aún disfruto de los días soleados y de las noches con el cielo lleno de estrellas (como ayer), adoro sentir la arena fría en mis pies y sonrío siempre que recuerdo las más sinceras y hermosas muestras de amor que gente tan querida me hace todos los días.

Anoche, me dolían los riñones increiblemente pero me comía un helado de fresa en compañía de una amiga a la que quiero mientras nos reíamos de la horrible película que acabamos de ver y en el celular una llamada de mamá para saber a que hora llegaba. Camino a casa, una fría brisa alborotaba mi cabello mientras miraba el cielo tan negro y hermosamente alumbrado con muchísimas estrellas (millones de ellas)

Aún conservo el alma de una niña, que a pesar de las múltiples decepciones cada día es un nuevo día para aprender a querer y volver a sonreír.

 

 

“Lo que embellece el desierto-dijo el principito-

es que esconde un pozo en cualquier parte….”

 

 

 

 

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